LA CURIOSA HISTORIA DEL BOMBÍN NEGRO

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La danza jazz se caracteriza por ser un estilo dinámico, desenfadado y terrenal, con movimientos precisos y una movilidad de torso poco usual que a través de herramientas como la argumentación coreográfica y la improvisación representan una liberación corporal y el sello de la expresión individual.

Uno de los complementos (¿complemento? ¡Perdón por este error garrafal! Vuelvo a empezar).

Uno de los símbolos de la danza jazz es indiscutiblemente el bombín negro. Aunque en un principio Bob Fosse lo introdujo para tapar su incipiente alopecia, este distintivo objeto se popularizó entre los bailarines del mismo estilo y se extendió por una gran variedad de espectáculos escénicos como el teatro o el cabaret. Y sin quererlo, así fue como el bombín, sombrero de diseño redondeado, sencillo y elegante, se convirtió en un referente potenciador del estilo propio y del desarrollo y singularidad del personaje.

 

Y la pregunta es ¿por qué os cuento todo esto?

 

Como profesora de danza me siento con una gran responsabilidad frente a mis alumnas. A modo de guía, me gusta incentivar en las jóvenes bailarinas el interés por la técnica y su correcta ejecución, pero creo que es importante también la labor de introducir conocimientos más allá de la técnica propia de la disciplina, ya sea cultura general sobre ese tipo de danza, anécdotas o peculiaridades y ponerlos en práctica a través de juegos e improvisaciones: educación desde la acción, desde una mirada abierta para que el niño experimente y cree sus propias conclusiones.

El día que presenté el bombín negro a la clase fue una clase un tanto caótica. Frases como ¿Cuándo nos dejaras probarnos el sombrero? , ¿Podemos tocarlo? , Parece muy suave ¿Es blandito?, ¿Has traído uno para cada una?, ¡Maria! ¡Queremos saber que vas a hacer con el sombrero! se repitieron efusivamente durante (largos) 40 minutos de expectación. Pero la espera valió mucho la pena.

Les planteé una improvisación en la que, muy parecida al juego de las estatuas, las bailarinas tenían que adoptar una pose de jazz que tendrían que mantener hasta que recibieran el bombín por parte de la bailarina que podía moverse. ¿Y quién de ellas podía moverse? Únicamente la portadora del sombrero. Aplaudieron la propuesta, nerviosas miraron diferentes poses que adoptar y se prepararon. Por el altavoz empezó a sonar “I feel good” de James Brown, hice un par de movimientos y dejé el bombín sobre una de ellas. Lo que pasó después me dejó anonadada. Movimientos frenéticos y libres, conexión musical increíble, explosión de diferentes calidades de movimiento e individualidad, risas, risas, muchas risas y una avalancha de aplausos y de ¿lo hacemos la semana que viene también, porfi?

El poder del bombín alivió ligeramente los prejuicios que ellas mismas tenían sobre su técnica y sus movimientos. Fueron creadoras libres por unos minutos y esa particularidad las hizo brillar como intérpretes y artistas.

Después de las otras clases y de vuelta en tren, me paré a reflexionar sobre esa pequeña cápsula temporal en la que nos habíamos absorto durante 15 minutos. ¿Es el hecho de “ocultarnos” lo que nos proporciona ese empoderamiento y esa expresión de nuestra individualidad? Si es así ¿por qué lo permitimos?

Quizás la conclusión de todo esto sería que vivamos con un bombín invisible siempre sobre nuestra cabeza que nos haga sentir igual de libres y vivos…

 

Maria Quero.

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